Lo primero que le sorprende a uno cuando escucha esta canción, es lo mal que canta Syd Barret. Parece un aficionado, con una melodía que se estira y se estira sin cerrarse, reblandeciéndose a la mitad y cayendo sin fuerzas hasta casi un recitado al que sostiene solamente un ritmo machacón, ingenuo, de principiante sin demasiadas perspectivas de éxito.
Vale, entonces ¿Por qué me gusta? Y no sólo a mí; Barrett es lo que se llama un artista de culto, con fieles seguidores en todo el mundo. Bueno, era guapo, joven, absurdo y genial, con una historia arquetípica de drogas, problemas mentales y caída en desgracia; esas historias en las que uno no sabe qué es lo que es causa o efecto, o las dos cosas a la vez.
A mí esas historias no me estimulan mucho. No me gustan las personalidades que sobreactúan. Prefiero esas figuras de Friedrich, detenidas contemplando eternamente inmóviles un ancho mar helado. Manías que tiene uno. Así que no es eso lo que me atrae en esta canción.
Creo que es la fe del cantante, el cómo, a pesar de su incapacidad para darle forma a lo que tiene dentro, se las arregla para que asome en uno o dos compases entre diez golpes de torpeza. Hay algo dentro de esta canción absolutamente imperfecta que se hace seductor precisamente porque se trasluce bajo una canción de melodía imposible y una vos que desafina desesperadamente, juvenilmente firme ante el desastre.
Bueno, quizá haya que oírla un par de veces antes de quererla.
lunes, 15 de junio de 2009
lunes, 8 de junio de 2009
jueves, 4 de junio de 2009
lunes, 1 de junio de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
